Cartero. Cerrajero.

sábado

'A la mierda los pájaros, ¡soy el Alcalde de New York!...'

Pocas veces me reí tanto con una línea en una novela. Quise buscar un párrafo más para poder citarlo entero, pero mi lucidez no me lo permite. Sería una boludés, las teclas pican.

Fue un día raro. Desde los pequeños malestares y silencios incómodos, hasta un viaje en quietud. Se me sentó un tipo con las manos más grandes que había visto. Era un viejo entrado en años, pero con un porte voluminoso. El tamaño de esas manos no se condecía con el de su cabeza, de todos modos. Era sorprendente. Subió después de Constitución y siguió más lejos que yo.
Su ropa apestaba a años. Todavía no puedo entender por qué la gente mayor no cuida la pilcha. Es como si con el entre de la edad perdieran la conexión nasocerebral, y a cagar con el prójimo. Si escucharlos hablar pavadas no molesta tanto, sentirlos pestilentes, sí.

Así como el viejo intimidó mi intención de respirar por la nariz, un mocoso unos asientos más adelante, se hizo amigo de mis ganas de adosarle un cierre relámpago a la geta. No podía parar de generar sonidos guturales. ¡Estaba completamente loco el pendejito!
Durante buena parte del trayecto no me costó mucho trabajo ignorarlo, pero llegado el momento se hizo insoportable. Me compadecí de un pobre tipo que tenía que aguantarlo a su lado, hasta que se bajó y tocando la vereda lo vi festejar como si hubiera visto el mejor gol de la historia. Evidentemente le tenía los huevos llenos.

A poco de esto, la viejita que ocupó su lugar, festejaba cada pedo que el guacho exultaba. Lo miraba y le sonreía. ¡Qué carajos! El pibito estaba en su salsa. La cara demoníaca al generar cada estruendo vocal era lo que me provocaba todos los sentimientos encontrados juntos... Disfrutaba su perversión. Sabía que tenía el control. No más de cinco años para el mocoso que ya dominaba el mundo.


Mi odio hacia sus gúturos fue su maldición: no sólo que bajó a upa de la hipoacúsica madre que lo parió, en el mismo lugar que yo, sino que entró en mi portal. ¿Nuevo vecino? Santa virgen de los sordos... Esas voces del silencio. Él no podía parar.

Seguramente tuvo mucho que ver en que no pudiera entrar a mi casa. La cerradura estaba rota. Sólo faltaba que me sonriera.