Hablame con los ojos.

sábado

Dice que le pintaba como una de esas jornadas completamente improductivas. Que ni sus manos arrugadas por el cansancio mental iban a permitirle pasarla aunque sea un poco mejor, escondido en pequeños instantes de diversión jugando a poner incómodo a quienes lo rodean.

Sabe que se ríe de sí mismo cuando piensa en tercera persona, ensayando palabras futuras. Y sabe que llorar da sueño.

El dolor aun le huele a montaña… Toda esa pura piedra raspada por los años. Engrutada. Donde miró el primer cielo de siete colores (en un par de ojos ajenos). Y donde tuvo el primer deseo espiral-hacia-fuera (en los mismos ojos ajenos).

Ahora habla de empezar a hablar menos. Mira cómo mirarse mejor. Escucha cómo lo oyen cantar en voz baja La canción de la lluvia.

Interludio

Le puso un broche al músculo para que no se le deshaga en las manos cuando escuchó que los dedos se cruzaban buscando por suerte donde tenía que haber seguridad. Buscó en el cielo qué imaginaba ella en la estrella que la cegó cuando le escapó a sus ojos con una sonrisa comida por sus labios. Para ella fue como un deseo tirado al tuntún. Para él… un rayo en el pecho que lo abrió al medio. Todo en un silencio.

Hablar esperando respuestas preprogramadas por el propio cerebro no es un síntoma de estar muy cuerdo. Sobre todo si se las espera de boca ajena.

Conocía su camino fuera. Era estrecho y seguía iluminado por el brillo de sus ojos que contenían el llanto a la distancia de un teléfono. No había sido un buen día. Y el horizonte no mejoraba sus expectativas cuando trató de sentarse en el cordón de la vereda a imaginar un par de boludeces. Pero sí entendió que cuando suenan dos violines que los tocan dos mulitas, es que suena Pappo’s Blues.

Male ego.

martes

Inmediatamente me levanté y fui al baño. Meé de parado, como un hombre… - Cada vez que me siento un nene trato de hacer algo que me recuerde la edad que tengo.- Miré de perfil en la mampara y ví que el pelo atado no me queda bien, y menos usar cinturón en un pantalón que de todas formas va a caerse. Entendí que pensar en voz alta era síntoma de vulnerabilidad, sacudí, guardé y volví a mi asiento.

Había una cerveza de hacía unos días en el piso. Y fue lo peor que me metí en la boca. Pero vino bien con el momento. Un sorbo no bastó, así que al tercero traté de liquidar la cuestión, como quien busca que su tiro sea el de gracia.

Fui dejando huellas blancas talle 45½ a lo largo de la alfombra roja, que terminaron haciendo una figura casi psicodélica parecida a un círculo (después me dirían que eso era un ‘mandala’).

Había escuchado que la tierra se rompía un poco. Y aunque la tormenta acompañaba con su show de luces, nada tenía que ver con el ruido de mi cabeza. Lo mío era terror. Con una sensación en el estómago parecida a la arcada, pero cargada de miedo-grueso-calibre. No entendía cómo llevar adelante las cosas si no era con colmos de intensidad, y un vértigo parecido al apuro porque no pase el tiempo. Porque si se paran los relojes es que la maqunaria no anda más. El paso de las horas es parte del curso normal del universo.

‘Algo aplasta mi cráneo. Algo que apenas puedo describir. No hay amor en la vida moderna.’

Escucho esa frase y salgo a la ventana gritando que me cago en lo que Morrisey piense del amor y los antibióticos. La lluvia sigue cayendo y un par de extraños miran para arriba desde la vereda de enfrente viéndome trepar al cuadro de la persiana y sentarme de perfil a ellos, aún con la botella en la mano. Hacen un gesto, y siguen su camino. Me quedo mirándolos irse y bajo hasta el no-balcón de la galería, en patas, sin remera y mojándome. El imán me tira, y reacciono antes de caer... Cuando los atropella el 86.

Un triple en el bocho.

lunes

Antes de la mitad de la noche se alteró la realidad. Algo succionó el ruido de su aire y lo despertó como de un tirón. Ya no había más oscuridad. El sol había cambiado su rostro por uno mejor.

El fotograma lo empujaba saliendo de un zaguán. Con la frente transpirada, pero limpia. Era época de tarareos porque no dejaba que se le escapen las melodías del cerebro.
Salía de El Rancho con media luz, camino a la diagonal. De ahí al cronopio de la pared que siempre le roba las miradas y donde se queda estudiando cada parte del stencil… ‘so I’m packing my bags for the misty mountains’… Es en todo lo que podía pensar cuando miraba al horizonte artificial entre las luces altas que vienen de frente. Imitaba todos los instrumentos en el aire y sus poses correspondientes. Parecía feliz.

El bondi agarró un pozo y le pegó la cabeza contra la ventanilla. Se había despertado.

Como ayer otra vez.

sábado

Caminó un largo rato por las cuchillas que decoran el camino de la ruta que va hacia el norte. Cansado de cargar con tanto peso en la espalda buscó un arbol que le regale sombra y se acostó tapándose los ojos con la remera que ya no llevaba puesta. Y pensó… Todo parecía una mentira enorme. Los recuerdos lo engañaban a cada centíemtro que avanzaba buscando una explicación a las cosas que habían pasado.

Con los ojos cerrados miraba el anillo de su mano izquierda y lo sentía resplandecer en el plateado de su luz. Con los labios tan mordidos que ya tiraban olor a muerte sintió el gusto de una saliva ajena que hacía años no probaba. Con las piernas estiradas pero cruzadas, continuaba por un viaje donde todo salía como quería, pero no como podía.
Despierto. Porque el ruido de su cabeza era más fuerte que el silencio. Envuelto. Porque las imágenes en plena oscuridad parecen comenzar un incendio.

Pensó en la vergüenza, en el azar, y en las primeras impresiones.
Pensó en Dax Riggs, y en cuánta razón tenía diciendo ‘we only sing for bood or love’. Y tarareando su canción terminó de despertarse levantándose anocheciendo. Volvió a la banquina sin buscar mirar atrás esperando que lo levanten. Cuando terminó de cantar, un auto paró delante suyo.

Buenos Aires, histeria.

miércoles

Que la métrica no conforma. Que la rima es asonante. Que las quejas son constantes. Que si escribo es porque le duele. Que si le leo en voz alta, alardeo. Que si le corrijo a algún gil sus palabras zosas, soy un ciruela. Que si me callo, que no le digo (cuando le hago).

El árbol de enfrente de mi ventana parece un gran helecho de chalas meneándose al viento. Y no es alucinación. Hay tres meniques guardados. Y justo el viento merma, y la mecha de mi flahsfoward se prende un poco más, como para la última seca.

Que los recuerdos no mienten. Que los presentes lo hicieron. Que las ausencias siempre vuelven. Que su nombre no es sólo el nombre (sino el estado de ánimo). Que cómo hago para escribir con los ojos cerrados. Que para dónde voy cuando no miro al cruzar la calle. Que por qué paso por la vereda de su puerta acompañado. Que si su epitafio tiene mi firma. Que si le lloro las flores (al pie del pozo vacío).

Tengo un libro abandonado hace dos meses que me cruzo en todas las vidrieras. Me llama para que lo termine de una vez, haga borrón y cuenta nueva y así quebrar otro lomo de las ediciones de bolsillo que sólo entran en el morral.

Se hizo tarde. Me fui.

Cuento del tío III

lunes

Pasado el susto con el viejo volvíamos en el auto para casa. En teoría no había nada más grave que una pila de años en unos pulmones llenos de asma que colapsaron un ratito para hacernos acordar que todavía estamos vivos. Por eso, el tío sacó una historia con la muerte.

Estábamos en Brasil con el Gordo cuando decidimos salir a buscar un lugar donde parar. Nacional jugaba esa semana, pero como estábamos de licencia nos fuimos tres días antes del partido, y pensábamos volver dos días después. Así que entramos a caminar y caminar paralelo a la playa, y siguiendo a unas minas nos metimos en una de las calles interiores, donde nos topamos con varios carteles luminosos que indicaban que era zona de hoteles para viajantes.
En uno de ellos, la que para nosotros era ‘la vereda de enfrente’, había algo que no sabíamos si era un garoto o una garota. Mucha espalda, mucha altura, gemelos como si hubiese sido el centrojás del Flamengo en algún momento de su vida… Así que con nuestra homofobia al hombro, entramos al que estaba justo en frente. De mostrador, había una que había sido barra de bar de mala muerte, con una que podría haber sido la (mala) moza de ese bar de mala muerte: la No Muchacha de Ipanema.
Cuando preguntamos por una habitación compartida, nos miró medio con asco, medio con risa y nos dijo en portuñol – habiéndonos visto la cara de uruguayos – que esperáramos ahí sentados, que iría a buscar al encargado. Y era el grandote de enfrente. Confirmamos que era Él cuando se acercó a saludarnos efusivamente. Yo seguía incómodo, pero el Gordo parecía haber entrado en su salsa, sobre todo cuando le manoseó una teta al descaro que nos había antendido antes.
La cuestión es que empezamos a preguntar precios, y todo era barato. Nos dimos un banquete de desayuno y los mejores tratos de Rozinho que nos dio su mejor habitación, y nos despedía desde la recepción cada vez que salíamos para hacer algo. La noche anterior al partido, queríamos ver bien cómo era la noche, así que le pedimos recomendación. El Gordo esbozó un portugués bastante malo, pero se entendió bien con El encargado.
Nos mandó a un baile y dijo que iba a reservarnos la mejor mesa de todas. Así que ansiosos salimos para ahí nomás… Estaba lleno de negras preciosas. Una más grandota que la otra, y las que no, con toda la pinta de maniobrables. Pero la mesa era una mierda. Estábamos al fondo de todo, y nos miraban con cara de culo todos los chulos que andaban por ahí. Lo único decente era que a nombre de Rozinho teníamos algunas cervezas de regalo.
Surgió el baile, pasó el rato, y cuando estábamos por irnos, vino el intervalo. Y con él, todas las mininas para nuestra mesa. ¡Claro! Estábamos al lado del baño y con bebida gratis… No nos alcanzaban las manos. Las diecisiete horas de viaje habían valido la pena, el gusto horrible de la cerveza de Porto Alegre también… Pero la vuelta con la derrota iba a ser mortal.

El Gordo se cansó de tanto coger. Estuvo cuatro de las seis noches a puro metayponga. Para cuando estábamos ya en Uruguay, a él le confirmaron que iba a estudiar en Montevideo, y a mí que se me había acabado la joda. Era hora de laburar, y sin que me diera cuenta, también de andar noviando casi que en serio. Y para cuando el Gordo quería salir, yo no podía, y cuando estábamos por ir al estadio, algo siempre me surgía. Así un tiempo. Empezó a irle mal en el estudio, con las minas… Y una tarde se colgó.


Todos en la mesa enmudecimos. Mi papá descansaba en su cuarto después de la casi semana de internación, así que nunca supo cómo terminó ese amigo de su hermano, del que nunca había escuchado hablar, hasta ahora.